Hace unas semanas me enteré de la muerte de uno de las mascotas más emblemáticas de nuestra Iglesia, Bruno. Un pequeño perro con algunos rasgos de sky terrier, pequeño, cascarrabias,  que más de alguna alegría nos dejó a varios.

En una ocasión junto con algunos amigos, en aquellos años cuando el dinero era escaso, caminamos al centro nuestra ciudad, Villa Alemana. Entre retos y órdenes no cumplidas Fabián (uno de sus dueños) intentaba evitar que nos siguiera. Al avanzar en nuestro camino perdimos su rastro por completo. Por la noche volvimos a nuestra lugar de inicio, nuevamente caminando, y en el lugar de despedida, nos preguntamos dónde habría ido a parar nuestro amigo Bruno. Pasaron unos 5 minutos y se escuchó una jauría de perros acercarse, y era él, quién venía arrancando de varios perros con ganas de devorarlo, en un cuadro casi de película que quizás solo faltaba una aparición en cámara lenta y «Carmina Burana» como música de fondo.

Así como esta, existieron miles de ocasiones donde Bruno se metía en problemas, atropellos, peleas y conflictos, y pese a que muchas veces lo vimos casi muerto, siempre se recuperaba. Vivió muchos años, demasiados diría yo para su bohemia y arriesgada forma de vivir.

Al pensar en la divertida vida de este canino no puedo dejar de reflexionar al ver cómo funciona la Gracia de Dios en nuestras vidas. Somos imprudentes, nos creemos inmortales, andamos por la vida creyendo que «al resto le pasará», a nosotros no, no calculamos riesgos y sobre todo, desobedecemos. Sin embargo, al igual que Bruno tenía a sus amos para cuidarle, medicarlo y sanar sus heridas una y otra vez, nosotros tenemos a Dios, siempre allí, esperando para darnos una nueva oportunidad, un regalo incondicional, cuidado, amor y compañía, que nunca, nunca mereceremos.

Gracia viene del griego «charis» que significa «favor, bendición o bondad».

Efesios 2:8 dice, «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios». La única manera que cualquiera de nosotros pueda entrar en una relación con Dios, es por causa de su gracia hacia nosotros. La gracia comenzó en el jardín del Edén, cuando Dios mató un animal para cubrir el pecado de Adán y Eva (Génesis 3:21). Él podría haber matado a los primeros seres humanos en ese momento por su desobediencia, pero en lugar de destruirlos, Él escogió establecer un camino para que ellos estuvieran bien con Dios. Este patrón de gracia continuó a lo largo del Antiguo Testamento, cuando Dios instituyó sacrificios de sangre como una forma para expiar el pecado de los hombres. No fue la sangre de los sacrificios que limpió los pecadores; fue la gracia de Dios que perdonó a aquellos que confiaron en Él (Hebreos 10:4; Génesis 15:6).
La gracia es que Dios da el mayor tesoro a los que menos lo merecen — eso somos cada uno de nosotros, inmerecedores.

Que tengan una bendecida semana.

David Larrondo

Categorías: Reflexiones

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